martes, 6 de enero de 2015

ARTISTA DE LA PIEDRA


Las preguntas de un gru­po de estudiantes de uno de los institutos educativos de la ciudad, me han llevado a re­leer en mi bitácora los apun­tes que han permitido satis­facer la inquietud investiga­dora de los alumnos, escru­tadores noveles de los enig­mas de nuestra Ciudad. Na­vegar en el recuerdo me con­duce a la que fuera alcabala de la colonia agrícola de Guayabita y sus encargados, en diferentes épocas: Nieves Borges, Roberto Cadenas y Rafael Barilla Mora.
El señor Barilla Mora llega a Turmero en la década de los años cuarenta, alojándose en el modesto hogar de María Úrsu­la Bolaños, afectuosa mujer que en la época final de su vida deambulaba por las calles del pueblo impartiendo inocentes y amorosas bendiciones. La casa de la humilde mujer y la alcabala estaban edificadas en la misma parcela de terreno ri­bereño de Las Adjuntas, sitio donde confluyen las aguas humedecedoras de sementeras y campos florecidos de Paya y Guayabita, para formar el río Turmero. El recuerdo  inperpetuun de este hombre, está simbolizado en el monu­mento religioso erigido por él, con materiales del lugar, a la vera del camino que condu­ce a Guayabita. Para realizar­lo tuvo que transportar con sus manos piedras que ex­traía de las cercanas márge­nes fluviales, para construir, como si fuese el recién desaparecido Juan Félix Sán­chez, Premio Nacional de Artes Plásticas (1990), una ermita donde entroniza la imagen representativa de su devoción religiosa. El peque­ño santuario, con el paso de los años, milagrosamente se mantiene intacto, a pesar de estar en medio de la vía, por ampliación a lo que hoy es una carretera asfaltada.
Del señor Barilla Mora se ha perdido rastro en el tiempo. El fin de su peregrinaje en Turmero fue su cambio a otro lu­gar de trabajo. Todo hace pen­sar que ya rindió tributo a la tierra. De haber permanecido más tiempo con nosotros, el artista de pétreas edificaciones nos hubiese dejado algo seme­jante a El Tisure, conjunto ar­quitectónico comenzado a construir por Juan Félix Sán­chez en 1952. Su único legado debe ser preservado con orgu­llo, en nuestra amada ciudad, donde sus virtuosas manos plasmaron su obra, a la que fijó una losa con una inscripción testimonial, la cual se transcri­be con las mismas palabras y ortografía empleadas por el autor: «Gruta de Lourdes cons­truida en 1949 por el llanero barines R. Barilla Mora».




DE MENE A ESTIERCOL DEL DIABLO
El petróleo, ese com­pañero de viaje de la economía venezolana, poderoso nutriente del tesoro nacional, despier­ta la atención desde los primeros años de la con­quista; los españoles tu­vieron conocimiento de un "jugo de la tierra" de propiedades terapéuti­cas, que servía de com­bustible para iluminar las noches y para calafatear las maderas de las pequeñas naves acuáti­cas de los autóctonos; era el mene, como lo bautizaron nuestros abo­rígenes.

En los remotos años del siglo XIX, los hidro­carburos acaparan la cu­riosidad de nacionales y extranjeros. En efecto, la primera concesión para explotar asfalto natural se dio al subdito inglés D.B. Hellyer, en 1854, y la inicial adjudicación petrolera, en 1865, al gringo Camilo Ferrand. La Alquitrana, campo del estado Táchira, arranca su actividad el 3 de septiembre de1878, fecha que se considera el comienzo de la industria de los hidrocarburos en Venezuela. Al 31 de di­ciembre de 1920 estaban documentados 1.312 contratos de concesio­nes para la explotación y desarrollo de campos petrolíferos; era una cla­ra manifestación de co­dicia, de aspirantes a obtener fáciles dólares con el llamado oro ne­gro; el más conspicuo buscador de fortuna, por esa vía, fue Max Valla­dares, quien recibe la concesión más grande otorgada por el Estado venezolano el 2 de ene­ro de 1912. y el día 4 de ese mismo mes y año la transfiere a la Caribbean Petroleum.

También en Turmero

En documento regis­trado en la Oficina Sub­alterna de Registro del Distrito Mariño del es­tado Aragua, bajo el № 28, en fecha 20 de mayo de 1921, los hermanos Bernardo A. y Roberto A. Guzmán Blanco de­claran su "voluntad de obtener permiso para la exploración de hidrocar­buros, carbón y sustan­cias combustibles aná­logas en la zona que en comunidad les pertene­ce, conocida con el nombre de Guayabita, con una extensión aproximada de 9.515 hectáreas". Los dere­chos de propiedad les fueron adjudicados a los citados propietarios, en la partición de bienes del general Antonio Guzmán Blanco. El do­cumento que vengo con­siderando en mis comentarios tiene una va­liosa información; la ha­cienda Guayabita estaba disgregada entre varios propietarios y el Ilustre Americano la adquiere por sucesivas compras a los diversos dueños: Modesto Urbaneja, Concepción Soublette, viuda Santamaría; Ju­lián, Manuel, Lastenia, Soledad e Isabel Santa­maría; Cecilia Santama­ría de Sagarzasu y Con­cepción Santamaría de Borges; Isabel Antonia Blanco viuda de Narvarte; Eduardo Ortiz; Ale­jandro Blanco Uribe, Domingo Blanco Uribe, Antonio Carranza, Antero Pérez Arana: Eduardo Blanco y Con­cepción Bustamante. Los datos de registro de las diferentes operacio­nes los omito para no atiborrarlos de fastidio­sos números y abundan­tes fechas. Visto a través del tiempo, lo importan­te de todas estas cosas es la ausencia, en el área, de exploración de "hi­drocarburos, carbón o sustancias combustibles análogas", como desea­ban los hermanos Guz­mán. Por eso, hoy contemplamos en Guayabi­ta la siembra de sus fér­tiles suelos, la intensi­dad de su cielo azul, sentimos la caricia de su brisa tropical y podemos refrescarnos en las frías aguas de sus balnearios.

Notas finales

El Rey Petróleo, el excremento del diablo, como dijera el gran venezolano, Juan Pablo Pérez Alfonzo (1903-1979), ha sido en Vene­zuela sustento del pre­supuesto nacional, pero la volatilidad de sus precios en el mer­cado internacional per­turba el ejercicio fiscal previsto en el presu­puesto del año 2002, causando preocupa­ción en los círculos económicos del país por lo sombrío de las expectativas.
El anterior trabajo es una porción de las raí­ces históricas de nuestro lugar de origen y de nuestra residencia. La búsqueda de identidad dura toda la vida.
TARDE DE LLUVIA Y DOLOR


Viniendo de La En­crucijada hacia Turmero nos encontramos con un sitio llamado La Cruz de Hierro, al lado de un cerro de abundante vegetación, que en su piedemonte la tierra cu­bre el sueño de miles de turmereños. Por infortu­nio de la vida, el I0 de septiembre de 1952, Turmero se vistió allí de luto.

Los hechos

En la tarde de ese día los automotores avanzaban con extre­mada preocupación, a consecuencia de una pertinaz lluvia que caía en toda la super­ficie de nuestro valle. Una camioneta tipo ranchera, en su lento rodar, hacía el viaje de Caracas a Guanare, transportando a cuatro religiosas de la Con­gregación de Las Car­melitas, que iban a la capital espiritual de nuestro país para estar presentes en los hono­res que se rendían a la Virgen de Coromoto, proclamada ese año como Patrona de Ve­nezuela. Ese vehículo resbala sobre la man­cha mojada, para colisionar contra un ca­mión cargado de cer­veza que se desplaza­ba en sentido contra­rio. Luego del impac­to y del ruido hondo, una realidad difícil de enfrentar: dos monjas muertas y dos lesiona­das, que j unto a la choferesa son trasladadas al Hospital Civil de Maracay, donde falle­ce al día siguiente otra hermana, que no pudo recuperarse de la gra­vedad de sus lesiones. La otra congregacionista y la conductora sí lograron el restableci­miento pleno de la sa­lud.

El presbítero Trino de Jesús, que en esa fe­cha estaba al frente de la Parroquia Nuestra Señora de Candelaria, solicita de la familia Reschop su colabora­ción para velar los cuerpos de las occisas en su casa de habita­ción, situada en la es­quina de la Policía, frente a la plaza Mariño. A las once de la noche, sobre los hom­bros de un pueblo afli­gido y del triste doblar de las campanas, que esparcían su mensaje de dolor, desde el ini­cio de la tragedia, los sagrados restos son llevados al templo de la ciudad, donde son expuestos hasta el amanecer; luego son trasladados a Caracas para darles cristiana sepultura. Meses des­pués del infortunio, la señora Hercilia de Reschop tuvo el deseo de levantar una capilla en el lugar del sinies­tro; pacientemente re­unió el dinero necesa­rio por ofrendas del pueblo cristiano. Con­cluida la edificación, las efigies de las fallecidas son colocadas en el altar del pequeño santuario.

Documento oficial de la desgracia

El desventurado episodio quedó anota­do en la memoria es­crita de la ciudad, con una sola partida de de­función, que se repro­duce en toda su textualidad: "N° 89. Ramón Guzmán, Alcalde del Distrito Mariño del Estado Aragua, hace constar que hoy diez de septiembre de mil novecientos cincuenta y dos, se presentó en este despacho un ciu­dadano que dijo lla­marse  Carlos Pérez Fridensberg, mayor de edad, natural y vecino de este Municipio, quien expuso: 'Hoy a las siete de la noche, en el sitio denominado La Cruz de Hierro, de esta jurisdicción, falle­ció a consecuencia de accidente automovilís­tico, la madre Isabel de la Santísima Trini­dad, de sesenta y cua­tro años, dos meses y cuatro días, que era hermana Carmelita, que la causa principal del fallecimiento fue fractura del cráneo, se­gún certificación del doctor Jaime Bronfenmayer, médico titular. Se ignoran otros da­tos'. Fueron testigos presenciales de este acto Armando Garrido y Rubén Molina, ma­yores de edad, emplea­dos públicos y de este domicilio. Leída la presente acta, el expo­nente y testigos mani­festaron conformidad y firman. El Alcalde. Ramón Guzmán; ex­ponente, Carlos Pérez F.; testigo. Rubén Mo­lina; el secretario, Pe­dro Viana".

Epílogo

A cuarenta y nueve años de la tragedia, oca­sionada por ruedas de la muerte, construyo, por observación in-situ, una tarde de candente sol estival, la parte final del imborrable recuerdo. La Capilla fue demolida para dejar su espacio a un complejo urbanístico privado; las fotos están desaparecidas y, en un pequeñísimo espacio semejante a un closet, abierto en la pared perimetral de la urbanización, se exhibe una pla­ca que dice: 'Aquí, en horrible choque auto­movilístico acaecido el día 10-9-52, ocurrió la tragedia que cortó la existencia de la Sup. Gral. de las H.H.C.C. Madre Luisa Teresa del Niño Jesús. Madre Isa­bel y Sor Auxiliadora. Q.E.P.D. Recuerdo de sus hijas".

Por reminiscencias de mi maestra revenguista Elsa Josefina Reschop, me entero de que la religiosa sobrevi­viente del suceso, la ma­dre Camila, por muchos años laboró en el Cole­gio El Carmelo, Los Ro­sales, Caracas.


sábado, 3 de enero de 2015

¡AQUELLOS SI ERAN FESTEJOS!
De la prosa de Eduar­do Blanco (1838-1912) conocemos las obras Ve­nezuela heroica, alusión literaria que rinde culto a la patria, y Zarate, su producción consagratoria, considerada por los críticos como la prime­ra novela verdaderamen­te venezolana; su trama está inspirada en Santos Zarate, temido y famo­so asaltante de correrías en los valles de Aragua, la montaña de Güere era el escondrijo habitual del señalado malhechor. En la narración, el autor perenniza hechos de la vida nacional contempo­ráneos a la guerra de in­dependencia; de esa creación literaria hago una abreviación del ca­pítulo X, donde se plas­ma una festividad patro­nal en Turmero. Poco después de la batalla de Carabobo. Utilizo el nombre del capítulo en la siguiente parte de la crónica. La fiesta «Era el 2 de febrero de 1825. Con motivo de la gran festividad de Nuestra Señora de Can­delaria, agrupábase en las calles y plazas de Turmero tan crecido nú­mero de gente alegre y divertida, que bien po­día estimarse en cinco veces más de la ordina­ria población flotante que contuviera el pue­blo.

»Desde la víspera, to­dos los vecindarios de los campos, aldeas y vi­llas comarcanos inva­dían a Turmero, cuyos estruendosos regocijos resonaban a muchas le­guas en contorno. Los buenos vecinos del men­cionado pueblo mostrábanse orgullosos de atraer la atención de toda la provincia; no cabían de satisfechos y acaricia­dos por los repetidos y eternos repiques que les regalaba el campanario de la iglesia, así como por las continuas salvas de petardos e inflamados cohetes que surcaban el aire atronando el espa­cio; pavoneábanse ha­ciendo ostentación de las añejas prendas de sus tocados y vestidos, mientras sonaba la hora de la misa mayor, la que muy distraídos aguarda­ban, viendo llegar por todas direcciones nue­vos y engalanados concurrentes a la rumbosa fiesta.

»En el momento en que terminaba un toque de los repiques, tres ca­jas de rapé poníanse en movimiento alrededor del grupo y el más an­ciano de aquellos aper­gaminados personajes interpelaba a un joven hacendado, su antecesor en la palabra.

»'¿Decía usted que nuestra fiesta es tan rum­bosa este año como nun­ca se ha visto? ¡Cómo se ve que usted data de ayer! En mi tiempo, lo que hoy parece a usted tan sumamente pompo­so y divertido nos habría dado vergüenza y ganas de llorar. ¡Aquellos sí que eran festejos! No de tres días, sino de quin­ce, en que corrían las onzas de oro como gra­nos de maíz. ¡Y qué de concurrencia! Lo más granado de Valencia y Caracas. Y tanta gente que no bastaban las ca­sas para alojar a los más distinguidos visitantes y era necesario hospedar los en las haciendas próximas. ¡Conque dí­ganme usted si aquellos tiempos pueden compararse con estos!'.

»Uno tras otro sona­ron con estrépito y se extinguieron al fin en el espacio los dos repiques que faltaban para empe­zar la misa. A la última vibración de las campa­nas la plaza quedó de­sierta y repleta la iglesia. No obstante, lo más se­lecto de la provincia ocupaba la nave princi­pal del templo, desde el presbiterio hasta la puer­ta mayor, sobresaliendo entre el numeroso con­curso provincianas de singular belleza.

«Solemne fije la fiesta; la música, rui­dosa; largo el sermón y abundante con exceso el incienso. Rico man­to, salpicado de oro, estrenaba la Virgen. El altar mayor lucía lujo­sa palia y macetas de plata. Los pocos abani­cos de las damas no bastaban a refrescar el aire ni hacerle respirable. Durante la eleva­ción del cuerpo y san­gre de nuestro sublime Redentor, estallaron en la plaza estrepitosos petardos, sonaron las campanas e innumera­bles cohetes volaron a las nubes. El sol llega­ba a la mitad del cielo cuando el oficiante bendijo al auditorio y terminó la fiesta. No había más que desear, todo el mundo queda­ba satisfecho.

«Concluida la festivi­dad religiosa, llega el tur­no a los regocijos profanos. Doquiera se reúne el pueblo, suenan gaitas, guitarras y maracas; se improvisan joropos y fandangos y retumba, monótono, el tambor africano. Cuadrillas de rústicos cantores, echan­do coplas al son del cin­co y las bandolas, cruzan  las calles en todas direc­ciones, hacen corro en las esquinas o se detie­nen frente a las abiertas ventanas a encarecer la gentileza de las damas o la conocida liberalidad de los generosos caba­lleros. Por todas partes bulle alegre y risueño el venturoso pueblo.

»De todos los rego­cijos públicos, el que tenía más atractivo para la multitud era, a no dejar duda, la corri­da de toros, indispensable complemento de la fiesta y de donde di­manaba, para muchos, el mayor esplendor. Para este objeto, como ya lo hemos dicho, ha­bían construido exten­so circo en medio de la plaza, decorado en par­te de altas tribunas o tablados a que podía asistir la gente acomo­dada, dejando libre al pueblo gozar del es­pectáculo tras la pali­zada que servía de res­guardo. Bajo las tribu­nas se habían improvi­sado numerosas barra­cas, separadas las unas de las otras con esteras de enea, en donde se vendía toda especie de bebidas alcohólicas y azucaradas golosinas y donde noche y día se jugaba a los dados y ju­gadores de oficio esta­blecían el monto.

»Flores, dulces, mo­nedas de oro y plata y cintas y sombreros, llo­vían de los tablados so­bre la arena del comba­te a cada nueva mues­tra de audacia y de des­treza de los celebrados lidiadores; e indistinta­mente la atronadora multitud aplaudía con el mismo entusiasmo al gladiador intrépido que, a cuerpo limpio, clavara en la cerviz del animal vistosas bande­rillas y a la rabiosa fie­ra, cuando en las astas poderosas lograba levantar uno de sus conbtrarios. Al primer toro siguieron, sucesiva­mente, cinco a cuál más feroces y esforza­dos. En menos de una hora había cuatro con­tusos y dos heridos de peligro entre los tore­ros y eso que no se es­taba ni a la mitad de tan espléndido espectáculo».

Epílogo

En el decrecido ca­pítulo «La fiesta» leí­mos cómo el autor de Zarate escogió sus me­táforas más poéticas para describirnos, en ambiente turmereño, la culminación de la Na­vidad, ese período es­piritual que se extien­de desde el 25 de di­ciembre al 2 de febre­ro, día de la Virgen de Candelaria, cuando Turmero es una sonri­sa que se esboza en to­dos los confines del municipio y alegre el pueblo se congrega en nuestro hermoso tem­plo colonial para reve­renciar a la Preservadora de la fe en estos valles. En la evangelización española de Ve­nezuela, la Candelaria era la preferida de los conquistadores en el momento de escoger a la protectora de una fundación; por esta ra­zón nuestro país cuen­ta con más de 45 tem­plos dedicados a esta Virgen, que es Patrona de Turmero, Bailado­res, Mucurubá, Valle Grande, Las Piedras (estado Mérida); La Puerta (Trujillo) Can­taura (Anzoátegui); Caraballeda (Vargas); El Baúl (Cojedes); Puerto Cumarebo. Punta Cardón (Falcón); Valle de la Pas­cua (Guárico); Carri­zal, Panaquire, Guarenas (Miranda) y. sector La Candelaria (El Li­món, Aragua).

Uno de los numero­sos actos de veneración turmereña a la Virgen de Candelaria, fue escoger su nombre para bautizar a una de sus calles; la información me llega por un documento que me facilitó mi identifica­do Cicerón, Pedro Reyes Ponce. El 12 de junio de 1943, en documento re­gistrado bajo el N° 28 en el Registro Subalterno del Distrito Mariño, la señora Clemencia Córdo­ba de Trujillo vende al distinguido caballero Francisco Magallanes, la porción esquina de su casa, y uno de los lindes del inmueble vendido establece «por el Sur, que es su frente de doce metros, calle antigua­mente de 'Candelaria' en medio y Plaza Mariño». En la cita queda re­velado el antiguo nom­bre de la calle conocida ahora como Bolívar. El segmento de inmueble que permaneció en pro­piedad de la vendedora, es un paisaje de tejas de­tenido en el tiempo, con paredes de adobe en blanquísimo color, ador­nado con zócalo casta­ño; es la esplendente morada de la mujer más conocida de Turmero en el transcurso del siglo XX y principio del XXI, la maestra Nieves Eloísa Sarco Lira de Trujillo, por 36 años sembradora de sabiduría y virtudes, en la infinitud de alum­nos que acudieron a sus clases.
LA CIUDAD CUENTA SUS HISTORIAS
Las palabras sirven para todo: para expresar ideas, crear ilusiones, decir ver­dades y mentiras, elogiar y criticar. Los vocablos tam­bién son el medio para en­teramos del legado histórico de las generaciones antecesoras, escrito en año­sas páginas atiborradas de informaciones, dignas de ser compartidas por la no­toriedad de los protagonis­tas. Después de un escudri­ñare día a día, en co mpa­ñía de Pedro Reyes Ponce, en los archivos de la ciu­dad, con la brevedad y pre­cisión de los tips, te doy a conocer una porción de lo mirado en las rondas escru­tadoras.

• El 31 de octubre de 1872, la señora Francisca Linares de Delvalle, veci­na de La Victoria, con la aquiescencia de su espo­so Antonio Delvalle, ven­de a la señora Catalina Marín de Vidal una casa en Turmero, situada  bajo los siguientes linderos: Naciente, calle en medio, casa de Pedro Ravelo; Norte, solar y casa de Eduardo Landaeta; Po­niente, casa de Juan Arámburu y Sur, solar en fábrica del general Lucio Borges, calle en medio. El inmueble le había pertene­cido a la otorgante, por donación de su sobrino el general Francisco Linares Alcántara, según escritu­ra protocolizada en el Re­gistro de este Departa­mento, el 23 de octubre de1854. El precio de la ven­ta fue de ciento cuarenta pesos sencillos, recibido por la vendedora a satisfacción. Por impedimen­to físico de la señora Li­nares, firma a ruego el se­ñor Baldomero Guzmán.

Nunca se ha podido determinaren cuál inmue­ble vio la luz Francisco Li­nares Alcántara. ¿Será ésta su casa natal? Corres­ponde a los historiadores despejar la incógnita.

• 14 de mayo de 1899. En esta fecha el Presbíte­ro Antonio María lmaz y Peña, sacerdote de la pa­rroquia de Turmero (sección Aragua del estado Ribas), con autorización del Arzobispado de Cara­cas y Venezuela, da en venta a! señor Juan José Jaca, súbdito español, ve­cino de Cagua, dos casas pertenecientes a la Iglesia, situadas en este munici­pio; una comprendida bajo los siguientes linde­ros: Por el Naciente, casa del señor Pedro Curtois; por el Poniente, casa del señor Ramón Nieto; por el Norte, casa de Vicente Díaz y corral de casa de los herederos del señor Ri­cardo Blanco Uribe, calle Real de por medio; por el Sur, fondo de la citada casa del señor Ramón Nieto. La otra vivienda está delimitada así: Por el Naciente, casa de Concep­ción Tovar de Esqueda, calle de por medio; por el Poniente, solares de casas de María Josefa de Rodrí­guez Palma y Socorro Abreu; por el Norte, po­sesión de café de los her­manos Rodríguez Palma, calle en medio; y por el Sur, solar de una casa per­teneciente a los herederos de Luis Tímudo y Daniel Felipe Osío. Las casas deslindadas pertenecían a la Iglesia, por donación que de ellas se les hizo, para invertir el producto de sus alquileres, en sufra­gar misas para las bendi­tas ánimas. El precio de esta venta fue la cantidad de ochocientos bolívares. Quedó registrada la ope­ración bajo el N° 26 del primer trimestre, fecha ut-supra.

• Por documento au­tenticado en el Juzgado del Distrito Mariño, el 9 de abril de 1927, María Vidalina Olmos de Ángu­lo, asistida por su esposo Martín Ángulo, declara haber recibido del señor Isaac Pimienta, la canti­dad de cuatrocientos bo­lívares, en calidad de prés­tamo por un año. a un in­terés del dos por ciento mensual. Para garantizar el pago de las obligacio­nes, constituye hipoteca especial de segundo gra­do, sobre sus derechos en el predio agrícola denomi­nado «Quinta del Crucifi­cado», ubicado en este municipio, comprendido dentro de los siguientes linderos: Norte, capilla de El Calvario, calle de por medio, casas que fueron de Matías Domínguez y Benjamín Saavedra y em­palizada de por medio con casas de Juan Crisóstomo Moreno y José Guevara; Sur y Naciente, empaliza­da de por medio, con la Hacienda San Pablo del señor Carlos Martínez y Poniente, estacada de por medio con la hacienda La Collet, en el extremo oriental de la calle Urdaneta y con solar de Marco Aurelio Olmos, solar de Julia Martínez y solar de Pedro Rodríguez Olmos.

El señor Isaac Pimien­ta, acreedor de la recorda­da María Vidalina Olmos, era un comerciante sefar­dita establecido en nuestra ciudad, donde procreó a sus descendientes David Nieves y Alberto Nieves, activistas políticos, exilia­dos en el gobierno del ge­neral Pérez Jiménez, am­bos fallecieron en Caracas. En la delimitada finca «Quinta del Crucificado», está edificado el complejo urbano denominado Urba­nización Los Nísperos.

• El seis de mayo de 1931, el Juzgado del Dis­trito Valencia remite al ciu­dadano Registrador del Distrito Mariño el Oficio N° 243, de este tenor: «En el juicio mercantil seguido por Henrique Celis a P. de Morales, por cobro de bo­lívares, se ha acordado pro­hibir la enajenación i gra­vamen del inmueble, que con sus accesorios de ma­quinarias i enseres posee en esa jurisdicción, bajo los siguientes linderos: Norte, calle Mariño; Sur, calle Miranda; Naciente, calle Colonia; Poniente, parte calle Bermúdez, casa de Carlos Rodríguez i de E. L. Branger. Sírvase acusar re­cibo. Dios i Federación, Miguel Fuentes».

El deslinde correspon­de al terreno, asiento de un complejo de pequeñas in­dustrias, que allí funcionó por muchos años. En la etapa final del gomecismo, la factoría pertenecía al coronel Eloy Tarazona, sufriendo el castigo popu­lar conocido como sa­queo, a la muerte del hom­bre fuerte que regía los destinos del país. En la década de los años cuarenta, tuvo el último resurgimiento económico con el aserradero que allí ins­taló el industrial Carlos Suárez Román. En rela­ción a la nombrada calle Colonia, se trata del anti­guo nombre de la hoy co­nocida como Ricaurte.

En mi escritura de res­cate te presenté estos te­mas, que saca del olvido nombres de lugares y gentes de estos espacios, para revitalizar a la dis­tancia el recuerdo de épo­cas idas, de la ciudad que nunca hemos abandona­do, a la que seguiremos publicitando, con la co­modidad de sus inmensos recursos informativos.






LAS MINAS DE LA VIRGEN


El l8 de enero de 1666. El capitán Luis de Bolívar y Rebolledo y su esposa María Martínez de Villegas, ascendientes de Simón José de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios, venden el Valle de Paya a don Martín de Tovar, que toma posesión de dicha finca en la misma fecha. En la segunda década del siglo vein­te, un descendiente del adqui­riente de la heredad presenta, para protocolización en la Oficina Subalterna de Registro del Distrito Mariño, documentos que a  pesar de su importante contenido han traspasado en el anoni­mato todas las barreras de la memoria y el tiempo. Los valio­sos instrumentos, redimidos de su somnolencia de muchos años por Pedro Reyes Ponce, en re­ducción lo comparto con uste­des.

«N° 2. Yo Domingo de Tovar, mayor de edad, venezolano, de profesión agricultor y vecino de esta jurisdicción, hago constar que he descubierto un yacimien­to mineral que juzgo contiene hierro y cobre en forma de filón o veta y que dicho yacimiento está situado en la superficie de terreno que limita el perímetro de un rectángulo, que tiene dos mil metros de altura y que está orientado de la manera siguiente:

La altura de dicho rectángulo, o sea la línea de mil metros forma con la Norte-Sur magnética, un ángulo de cinco grados de desviación hacia el oriente y está situado en el terreno de tal manera que su punto medio, o sea, aquel que queda dividido en dos porciones de quinientos metros cada una, coincide con el punto en que la quebrada de Rajuñao cae al río Paya. La mina que he descubierto abarca doscientos hectáreas y la denuncio conforme a lo dispuesto por el Código de Minas vigente. Esta mina que denuncio está situada en terrenos que son de mi propiedad en la montaña de Brazén, en jurisdicción de este Municipio capital del Distrito Mariño del Estado Aragua. Doy a la mina el nombre de La Virgen.

Turmero, dieciséis de febrero de mil novecientos doce». En la nota de registro se hace constar que el documento fue presentado por su otorgante Domingo de Tovar, quedando asentado en el protocolo duplicado número ter­cero, primer trimestre. Tiene las finitas de los testigos Jesús Ma­ría Valladares, Vidal Rangel y el registrador Rafael J. Pérez.

En reafirmación de sus dere­chos mineros, el denunciante solicita y obtiene del Ejecutivo Nacional la adjudicación de los yacimientos por tiempo determi­nado; la correspondiente documentación está asentada en los libros de la Oficina citada anteriormente, contenido que en compendio -igual que el anterior- te ofrezco para su lectura y conocimiento.

«N° 24. General Juan Vicente Gómez, Presidente de los Estados Unidos de Venezuela, por cuanto el ciudadano Domingo de Tovar, ha solicitado del Ejecutivo Federal la adjudicación de una pertenencia de minerales de hierro y cobre, a la que ha dado la denominación de La Virgen, cuya superficie mide doscientos hectáreas, según plano correspondiente, levantado por el agrimensor Tomás A Duarte Padrón, situada en jurisdicción del Municipio Turmero, Distrito Mariño del Estado Aragua…; resultado que en la sustanciación del respectivo expediente se han llenado las formalidades establecidas por el Código que rige la materia, viene en declarar a favor del expresado Domingo de Tovar, sus sucesores, cesionarios o causa habientes, la propiedad de la precitada pertenencia La Virgen.

El presente título da derecho al concesionario y a sus suceso­res, por un periodo de noven­ta años, al uso y goce de la per­tenencia que se trata. Dado, fir­mado y sellado con el Sello del Ejecutivo Federal y refrenda­do por el Ministro de Fomen­to, en Caracas a veintiocho de noviembre de mil novecientos doce Juan V. Gómez. Refrenda­do Pedro Emilio Coll». La nota estampada por Rafael J. Pérez (registrador) el tres de diciem­bre de mil novecientos doce certifica que el documento fue presentado por el señor José María de Tovar, vecino de Ca­racas y de tránsito en esta ciu­dad. Quedó registrado bajo el número veinticuatro del pro­tocolo duplicado número pri­mero, correspondiente al cuar­to trimestre. Fueron testigos del acto Joaquín A. Ravelo y Epifanio Ortega.

En medio de la fuerte crisis económica que agobia a nues­tro país, las soluciones para sa­lir de ella se incrementan en la imaginación. Ante la inminen­te caducidad de la concesión (en el año 2002), sugiero al mi­nistro de Energía y Minas y presidente de la OPEP, Alí Ro­dríguez Araque, el estudio de factibilidad de explotación co­mercial de los minerales ferro­sos y cupríferos contenidos en las vetas de la montaña de Brazén, parroquia Pedro Arévalo Aponte del municipio Santia­go Mariño. Ahí está la opción para crear empleos y movili­zar dinero.

martes, 30 de diciembre de 2014


EPISODIOS DE LA CALLE REAL



Entre los muchos documentos insertos en los protocolos del Registro Subalterno del municipio José Fé­lix Ribas, se encuentra la venta de una casa que hace la señora Be­lén Esteves, con la autorización de su espo­so. Por la antigüedad del instrumento y lo enrevesado de su lec­tura tuve que recurrir a los servicios de dos conocidos paleógrafos de la ciudad, los seño­res Jo  sé Torres Pérez y Pedro Reyes Ponce, quienes me entregaron la versión que trans­cribo en resumen.
«Declaro yo Belén Esteves, vecina de esta ciudad, que de acuerdo con mi legítimo esposo el ciudadano General Francisco Linares Al­cántara, he vendido des­de el cuatro del mes de septiembre próximo pa­sado, a la señora Florinda González, previa la licencia de su legítimo marido, el ciudadano Licenciado Juan Martí­nez, vecinos ambos de Turmero, una casa de tapias y rafias y cubier­ta de tejas, situada en la calle principal de aque­lla ciudad, cuya casa linda por el naciente con casa perteneciente a la fábrica de la Iglesia, por el poniente con casa de la señora Josefa Pereira; por el norte, Calle Real en medio, con ca­sas de los herederos del finado Pedro José Ló­pez y por el sur, calle también de por medio, con casas y solar de Liboria Tovar. La presen­te casa la hube por com­pra que de ella hice al ciudadano Lorenzo H. Tovar, como apoderado general del ciudadano General Luis M. Rasco, vecino de Cagua, según consta de escritura pú­blica, otorgada en esa ciudad el día diez de agosto del año pasado de mil ochocientos sesenticuatro, la cual en­trego a la compradora por la cantidad de mil quinientos pesos, que recibo en moneda usual o corriente. Yo Francis­co Linares Alcántara, como esposo de la seño­ra Belén Esteves, decla­ro: Que he presentado mi consentimiento para la venta mencionada.
La Victoria noviembre veintidós de mil ocho­cientos sesenticinco, Belén Esteves de Alcán­tara. Francisco Linares Alcántara. Leído y fir­mado ante mí y de Fé­lix María Paredes y Be­nigno S. Sucre, hoy veintidós de noviembre de mil ochocientos se­senticinco. El Registra­dor Jesús Ma. Mayol».
Importante para la historia en esta nego­ciación, son las pro­piedades de la Iglesia de Turmero, que se mencionan en el linde­ro del naciente, sin duda se trata de la casa dejada en testamento por don Pedro Delga­do a la grey local, el 18 de mayo de 1787, si­tuada en la calle Real o Principal; con la re­comendación de ser alquilada y con los es­tipendios, ordenar una misa anual al Santísi­mo Sacramento, otra a las Benditas Ánimas y el resto del dinero para repartir a los pobres. Convendría un esfuer­zo de investigación para identificar el in­mueble y conocer los enredijos por los cua­les nuestra Iglesia, no está en posesión de la residencia que le fue donada, para fines piadosos.